Monday, January 01, 2007

Hombres para los demás

En este año de 2007 se cumple el centenario del nacimiento del Padre Arrupe. Pedro Arrupe nació en Bilbao, España, el 14 de Noviembre de 1907. Para conmemorar la celebración del Año Arrupe he subido al blog el artículo que en 1983 publicó José Mª Torelló, S.J. en Anales de Mecánica y Electricidad, la revista del Colegio Asociación de los Ingenieros del ICAI. En dicho artículo, titulado "Hombres para los demás", el padre Torelló resume el contenido del libro que con el mismo título publicaron las Asociaciones de Antiguos Alumnos de Caspe y Sarriá en el que recoge el ideal que el Padre Arrupe propone a los antiguos alumnos de la Compañía de Jesús, y que él resumió en "ser hombres para los demás".


Hombres para los demás


Hombres para los demás
El rol ideal del antiguo alumno
Por José María Torelló, S. J.
Publicado en 1983 en Anales de Mecánica y Electricidad


Viajaba hace pocos años una tarde de otoño de Barcelona a Madrid en ferrocarril, iba a una Asamblea General de la Federación Española de Antiguos Alumnos; durante la misma se reunirían una mañana en el Colegio de Chamartín los Consiliarios de diversas Asociaciones españolas. Yo leía pausadamente el discurso que el Padre Arrupe había pronunciado ante unos cincuenta representantes de la Unión Mundial en Padua, el 24 de agosto de 1977. Tomaba algunas notas en un amplio cuaderno y de vez en cuando paseaba la vista por el paisaje que discurría ante mis ojos, un poco cansados.

Ante los Consiliarios reunidos leí aquellas notas, tomadas a vuela pluma y con mala letra, sobre un tren en marcha. El comentario, rápido, saltó: ¿Por qué no reunir y publicar todo lo que el P. A. ha dicho o escrito a los AA. AA o acerca de los mismos? La idea era buena, pero, como siempre, ¿quién la llevaría a feliz término? Pasaron los meses, di algunos pasos, escribí a Roma, fui recogiendo material que desconocía y lo pasé a quien me indicaron; faltaba tiempo y el tiempo corría y nadie se animaba a echarle más ilusión al asunto. De vez en cuando encontraba alguno -recuerdo en concreto al P. Gaminde- que me preguntaba con interés: ¿Cómo está aquel proyecto de publicación de todo lo de Arrupe sobre AA. AA.?-, un día me devolvieron los originales, los metí en un cajón y pensé: A ver qué pasa.

Pasó que al buen P. Arrupe Dios le envió una inesperada enfermedad que prácticamente dejaba inactivo al incansable trabajador y viajero, 28 General de la Compañía de Jesús. Y, hace cosa de medio año, la Junta Directiva de la Asociación de Barcelona-Caspe, debidamente valorando la persona del P. Arrupe y sus escritos sobre AA. AA., me instó a que preparara la publicación de lo que podrían ser «todos» sus documentos sobre el tema. Desempolvé originales, de nuevo escribí a Roma, busqué lo que faltaba, hice traducir siete escritos que tenía sólo en francés o italiano, preparé unas presentaciones, redacté unas notas y, animado por mis con pañeros de Junta y también, es preciso decirlo, por el Padre Iglesias, Provincial de España, y por el P. Sauvé, Delegado del P. General para la Unión Mundial, que accedió gustoso a escribir el prólogo, presenté el libro para su publicación. Ya sólo faltaba el índice temático que, como es obvio, tuve que hacer siempre de prisa, de prisa, algo que parece inevitable en estas latitudes -sobre la base de las primeras pruebas ya paginadas. Y, por fin, apareció el libro cuyo título conocéis: «HOMBRES PARA LOS DEMAS». No era sólo una recopilación de documentos, que considerábamos de gran valor para la gran familia de los AA. AA. de la Compañía de Jesús; era también un merecido homenaje a quien, como nadie, nos había dedicado generosamente su cariño, sus energías, su entusiasmo, su tiempo tan precioso y su oración ferviente.

2. Cuando el P. Ignacio Iglesias, provincial de España, tuvo la atención de confiarme el desarrollo de esta ponencia, inmediatamente pensé que mi única tarea y responsabilidad debía consistir en leer a fondo todo lo del P. Arrupe e intentar presentaros una síntesis de su pensamiento acerca de los AA. AA. Y ello, no porque estaba preparando el libro ya mencionado y creía que nunca nadie había tratado con tanta profusión como inspiración sobre el tema, sino sobre todo por una razón de más peso: ¿Quién podía dibujar autorizadamente al AA sino él? En todo caso yo debía basar mis afirmaciones en argumentos de autoridad y, aunque es verdad que entre 1920 y 1965 hallo 9 documentos oficiales (de la CG 28 -1938- Y de los PP. Generales Ledóchowski y Janssens) y la carta del P. Janssens de 1962 es notablemente extensa y sugeridora, sin la menor duda para mí, y también para otros consultados por mí, el P. Arrupe había ampliamente desarrollado el pensamiento de sus antecesores y, doblado el cabo histórico del Vaticano II, con valentía lo había aplicado a todos los campos, sin olvidar el de los AA. AA.; sus frecuentes viajes, sus contactos personales con AA. AA. y jesuitas de todo el mundo, facilitados por su contagiosa simpatía y cercanía, su pasmosa facilidad para sintonizar con jóvenes y su conocimiento de lenguas, fueron reuniendo en aquella persona investida de autoridad moral y jurídica y de innegables cualidades humanas, una experiencia y unos datos que le configuraban como único en el tema que nos ocupa. Así, pues, amigos míos, esta exposición podría titularse: «El AA. según el P. Arrupe». Todo mi esfuerzo consistirá en serle leal, a pesar de la obligada síntesis. Ya sé que me arriesgo, pero desde ahora estoy seguro que perdonaréis mis deficiencias, mis limitaciones, cuando, si lo deseáis, más tarde, libro en ristre, os dispongáis a ser mis bondadosos jueces.

3. Lo primero que puse en cuestión fue la legitimidad del título de esta ponencia según figura en el programa. Es decir, la especificidad de los AA. AA. como grupo humano. De entrada no sólo no la veía sino que se me presentaban razones en contra:

3.1.a) En primer lugar, su gran diversidad y amplio pluralismo no sólo de razas, nacionalidades, lenguas, culturas, etcétera, sino también de religión; dice el P. Arrupe al principio de su famosa carta «a los AA. AA. de todo el mundo» (fechada el 24 de diciembre de 1968) que esta diversidad le había dejado perplejo sobre el modo de dirigirse a todos.

3.1.b) Reduzcamos de buen grado esta dificultad puesto que nos hallamos en un Congreso Europeo. En Europa la práctica totalidad de nuestros AA. AA. son cristianos y aún católicos. Y entonces yo me pregunto: ¿qué se les puede pedir a los AA. AA. sino que sean buenos cristianos?, ¿hay acaso algo más exigente que el Evangelio? Y evidentemente, el seguimiento de JC no es algo específico de los AA. AA. S.l.

3.1.c) Incluso la fórmula «hombres para los demás», en la que se puede resumir buena parte de los rasgos que caracterizan el ideal del A.A. según el P. A., se puede aplicar a no católicos y a hombres de buena voluntad de todo el mundo.

3.1.d) En cuanto a la relación de los AA. AA. con la S. 1.,el P. A. llega a decir: «nuestra gloria -si tenemos alguna- o mejor nuestra alegría, no está en recordaras que sois AA. AA. nuestros sino en constatar que, tal vez ayudados en algo por ese discipulado, ahora seáis con nosotros actuales alumnos y discípulos del Señor Jesús... » 163,33/164,2).

3.1.e) Y tratando de vuestra actividad, y en concreto de vuestra posible colaboración con la Compañía de Jesús, tiene frases como éstas: «Queremos compartir con vosotros cada vez más nuestros proyectos, haciéndoos partícipes de las responsabilidades que estrictamente hablando no son exclusivamente nuestras sino de todos los que sintiéndose miembros de la humana familia son capaces de hacerse la pregunta a la que JC respondió con tanta eficacia en la parábola del buen samaritano: ¿quién es mi prójimo? Damos la bienvenida a cualquier iniciativa vuestra que suponga una efectiva colaboración y ayuda en cualquier parte en donde se trabaje para bien de la humanidad» (65,16-26). Después de exponer un amplio plan apostólico de la S.I. en todo el mundo, añade: «programa que exige todas las fuerzas vivas de la humanidad, en los laicos y en los religiosos, en los cristianos de fe viva y en los que aún desconocen el sentido de una vocación y de un envío hacia la nueva creación que se anuncia en el crucificado-resucitado» (92,25-29). y en México, en febrero de 1979, comenta: «Me doy cuenta también de la dificultad de que los AA. AA. tengan una actividad específica» porque pueden perfectamente trabajar dentro de su propia profesión, Tener sus organizaciones, sus grupos «en los que procuran inyectar el espíritu cristiano», «colocados en un marco fuera de la estructura de la S.I.», «lo cual es perfecto, es estupendo» (252, 3-12).

Basta con estas citas para que quede justificada la pregunta arriba enunciada: los AA. AA. S. 1. ¿tienen una especificidad de modo que se pueda tratar de ellos como de grupo humano diferenciado? Y si hay algo específico de ellos, ¿en qué consiste?

3.2.a) Pues bien, hay, en primer lugar, un hecho indiscutible: Hemos sido alumnos S.I. y ello, en un grado más o menos perceptible, nos ha marcado. Y el P. A. establece una relación entre nuestra realidad y modo de proceder actuales y la educación recibida: «Mediremos, dice, los resultados de la educación que os hemos dado por vuestra entrega y constada en trabajar por el bien del prójimo de cualquier forma que sea» (65, 26-28) (y notemos de pasada que aquí se insinúa no sólo la ,relación sino qué clase de resultado se espera, pero sobre esto volveremos). y en otro lugar, con mayor energía, no duda en decir: «No podemos cruzarnos de brazos sin hacer nada. Esto sería el mayor contratestimonio del resultado de nuestra educación. Confirmaría la opinión de quienes piensan que debemos abandonar los Colegios para consagrarnos a otros ministerios, más eficaces según ellos» (92,33/93,2).

3.2.b) Esto supuesto ¿en qué consiste esta impronta S.I. que llevamos, o deberíamos llevar como AA. AA. S.I? Esto pretenderemos desarrollar durante esta exposición, tomando como base, según dijimos, los documentos del P. A.

3.2.c) Lógicamente podéis preguntaros, porque subsiste lo dicho anteriormente, ¿en qué se distinguirán (no digo, sobresaldrán) los AA. AA. cristianos de la S.I. de todos los demás cristianos que quieran obrar en consecuencia con su «fe operante en el amor» (66, 10), con el Evangelio del Señor Jesús?

Tal vez una comparación, un cierto paralelismo, nos ayudará a captar esta diferencia (a la que no doy mucha importancia en general pero sí en este momento): ¿Qué es un jesuita? Ante todo un cristiano; y en palabras de la CG. 32 «un pecador, llamado a ser compañero de Jesús». Pero ¿acaso no podrían decir algo muy semejante un franciscano, un salesiano, una religiosa carmelita o un seglar comprometido? ¿No entra en la esencia del ser cristiano el reconocerse pecador y, al mismo tiempo, seguidor y compañero de quien nos dijo: «ya no os llamaré siervos sino amigos»?

Sin embargo, no se puede negar que ,el Jesuita, dentro de la Iglesia, tiene unos rasgos específicos que evidentemente le enriquecen (como los de cualquiera otra familia religiosa con espiritualidad propia) pero no le son indispensables, ya que la S.I. puede desaparecer del panorama de la historia (como ya ocurrió una vez) y la Iglesia seguir su singladura a través de los obstáculos de todos los tiempos, asistida por el Espíritu que le ha sido asegurado hasta el fin de los siglos.

Resumiendo, el paralelismo puede terminar de ,esta forma: Así como el jesuita es -debe ser- fundamentalmente un cristiano que se toma en serio las exigencias evangélicas que, por cierto, ha ido descubriendo, valorando y llevando a la práctica con métodos y rasgos propios, así también los AA. AA. S.I. somos -hemos de ser- ante todo cristianos auténticos en .el sentido más profundo de la palabra y, al mismo tiempo, si hemos recibido una formación determinada, la hemos asimilado y queremos serle fieles, es casi seguro que tendremos un cierto «aire de familia» (22, 22), un modo de expresar nuestra fe que podemos considerar específico.

Creo que no será menester, a lo largo de esta exposición, indicar siempre cuáles son -dentro del marco evangélico-- estos rasgos específicos propios. Fácilmente se pondrán de manifiesto y, según las circunstancias lo permitan, se explicitarán como tales.

4. Con esta aparente digresión, no he pretendido, como podéis suponer, legitimar un título que se ha dado (habría sido excesivo el tiempo), sino que de hecho hemos entrado en materia y la hemos enmarcado. Ahora ya os puedo decir que voy a pretender resumir el ideal del P. A. sobre los AA. AA. en tres apartados:

I. Hombres para los demás.
II. Conversión y formación personales y permanentes
III. Renovación y cambios necesarios.

5. Permitidme, todavía, antes de abordar estos temas, exponeros unos sentimientos que no es difícil descubrir en el P. A. a lo largo de sus escritos:

5.1. Su «simpatía, estima e interés» (83, 29) hacia todos los AA. AA. S.I. y sus organizaciones. En sus intervenciones menudean frases como éstas: «Es múltiple y grande el gozo con que os hablo a vosotros, queridos antiguos alumnos ... » (120, 1-8), «Las Asociaciones de AA. AA. y los antiguos alumnos mismos están muy dentro de mi corazón» (216, 14-15) , «la organización de los antiguos alumnos ha sido uno de los puntos del programa, digámoslo así, de mi generalato, realmente desde el principio» (251, 9-11).

5.2. En segundo lugar su esperanza, la gran ilusión que puso en nosotros teniendo en cuenta estas dos circunstancias que bien se resumen en esta frase dirigida en 1971 a la Federación Italiana: «Reflexionando por una parte sobre el capital de bien que vosotros representáis... y por otra parte de cara a la urgente necesidad de una presencia cualificada, iluminadora y cooperante, en nuestra sociedad secularizada y materialista, de creyentes en Dios y en las verdades del Evangelio, no puedo dejar de augurar que vuestras Asociaciones adquieran una eficacia que esté a la par con las exigencias del día de hoy ... » (83,33/84,5). Y, al final de su discurso en Lieja: «Espero que los AA. AA. ricos de espíritu, de lealtad y de eficacia, podrán fijarse un nuevo punto de partida y, llenos de una nueva vitalidad, pasarán de la veleidad del sentimiento a la voluntad eficaz de servicio mutuo y universal» (103,10-13).

5.3. Finalmente, en tercer lugar, y lamento tener que decirlo, lo que ya se ha insinuado un poco en la última cita: ¿decepción, desilusión? Se echan de ver un poco en los últimos años, siempre en un contexto de gran afecto y nunca dando lugar al desánimo o al desaliento: En Padúa, en 1977, hablando a los representantes de la Unión Mundial, les dice: «He procurado hacer lo que he podido, aunque no haya sido mucho, para que las Asociaciones... florezcan. Los resultados son muy modestos y en algunos casos nulos; tanto que ha habido quien ha pensado que el esfuerzo era inútil. Yo nunca me he resignado a entregarme con las manos atadas... sin antes procurar con más empeño y realismo que las cosas vayan adelante» (217, 3-10). Y en febrero de 1979, en México, improvisando totalmente: «Hay que ver lo que se ha trabajado... es tremendo ¡la cantidad de discursos a los antiguos alumnos desde el año 1965 es impresionante!, ¿,resultados? humm. La inversión realmente no ha estado muy acertada y... no me desanima en absoluto... yo ya tengo 71 años y espero que el próximo General lo hará mejor, pero, vamos, espero ver algunos efectos durante mi vida» (258,29/ 259,5).

5.4. Pero indudablemente, tratándose del P. A., y muchos de los aquí presentes le conocemos y hemos tratado personalmente, aunque se acepten las dudas y las sombras que cruzan por su mente y sabe expresar con sinceridad y afecto al mismo tiempo, siempre en él predominan, han predominado de hecho, su «simpatía, estima, interés» y sobre todo su entrega generosa al servicio de Dios y de los hombres. Nosotros entramos de lleno en el campo de su cariño y de su acción apostólica. No lo dudemos.

Padre Arrupe S. J.


I. HOMBRES PARA LOS DEMAS

6.1. En agosto de 1971, durante el Congreso Europeo de Lieja, el P. A. en su discurso se hacía esta reflexión: «¿Qué clase de acción se espera de un A.A.? Y, ante todo, ¿cómo identificar al A. A.? El sólo hecho de haber pasado por los Colegios de la Compañía no es por sí mismo una identidad; indica una nota puramente externa. La verdadera identidad del A.A. supone la asimilación del espíritu que la Compañía quiere comunicar a sus alumnos al ayudarles en su formación humana y espiritual, individual y social. Quiere esto decir que el AA. debe ser un hombre de fe profunda y comprometida y de una vida personal, familiar y social ejemplar; debe estar imbuido de un espíritu de servicio a los demás que le impulse en consecuencia a ejercitar su propio apostolado, lo esencial, a mi juicio es que aquel espíritu de servicio y de generosidad pueda continuar encontrando en nuestras Asociaciones un terreno fértil y amplio» (90,31/91, 10). Y, al final del mismo discurso expresaba su esperanza, como ya lo cité hace poco, de que los AA. AA. «llenos de una nueva vitalidad... pasen a la voluntad eficaz de servicio mutuo y universal» (103,11-13). En pocas líneas, tres veces hemos oído la palabra «servicio».

6.2. Y no penséis que esto era una novedad en Lieja. No. Ya en Roma, en agosto de 1967, durante el discurso inaugural del II Congreso de la Unión Mundial, decía el P. A.: «He aquí nuestra labor, nuestro servicio: Trabajar con el resto de la humanidad en esta labor reflexiva sobre la situación del mundo y colaborar en la medida de nuestras fuerzas a la construcción de un mundo de verdad, justicia y amor». Y, poco después, subrayando una vez más la heterogeneidad manifiesta entre los numerosos AA. AA. de la Compañía de Jesús en todo el mundo, añadía: «Hay que excavar muy profundamente en vuestro ser para lograr el punto de unidad y de contacto. Exteriormente el punto de contacto fueron las aulas de los colegios ... pero la unidad interna es el espíritu que aprendisteis en ellas: amor a la verdad, a la justicia y al bien: el deseo de servir al resto de la humanidad aun con el propio sacrificio. Unidad compatible can la más amplia diversidad ... » (38,29-32; 39,1016 ).

7. Pero fue en el Congreso de Valencia (1973) donde el P. A. nos ofreció una nueva y feliz formulación de lo que él deseaba que fuera un A.A.: «un hombre para los demás», desde entonces no dejó de usarla, pero, esa sí, la fue comentando, explicando y llenando de sentido hasta que en 1980, en sus dos intervenciones durante un simposio internacional sobre segunda enseñanza celebrado en Roma, afirma concisa y claramente que el «objetivo de nuestra educación», «el alumno que pretendemos formar» se expresa en la fórmula «hombres y mujeres para servir» u «hombres y mujeres para los demás» (Inform. S.I., 1980, páginas 274 Y 280). Con esta frase textual que indica una equivalencia, me he adelantado un poco en mi propósito de exponer brevemente el significado de esta breve e iluminadora fórmula que no dudé en poner coma título del libro mencionado al principio y como subtítulo de esta ponencia.

7.1. En Valencia, etapa muy importante en nuestro recorrido ideológico, tuvo el P. A. tres largas y, a mi juicio y al de muchos otros, magistrales intervenciones. Fue en el discurso que pronunció durante la sesión de clausura donde directa y extensamente presentó la entonces nueva formulación. Oigamos solamente este párrafo: "Nuestra meta y objetivo educativo es formar hombres que no vivan para sí, sino para Dios y para su Cristo, para Aquel que por nosotros murió y resucitó; hombres para los demás, es decir, que no conciban el amor a Dios sin el amor al hombre; un amor eficaz que tiene como primer postulado la justicia y que es la única garantía de que nuestro amor a Dios no es una farsa, o incluso un ropaje farisaico que oculta nuestro egoísmo. Toda la Escritura nos advierte de esta unión entre el amor a Dios y el amor eficaz al hermano» (159,16-24). Y, poco después, ya al anochecer de aquel memorable día, dijo en la homilía durante la Eucaristía final: «Subrayamos que la radical novedad del Evangelio consiste en proclamar este singular humanismo, este nuevo tipo de hombre, nacido de la fe en Jesús, que es: el hombre muerto a todo egoísmo y, por lo mismo, resucitado, re-nacido, libre para amar de verdad, libre para dar la vida, libre para entregarse y comprometerse enteramente por los demás. Hombre que, integrando en la profunda unidad de su persona fe y amor, amor a Dios y amor al prójimo, hace verdad visible en sí mismo la entera fecundidad social de nuestra fe en Jesús. Es, como JC «un-hombre-para-los-demás». (209, 9-17).

7.2. Con estas dos expresiones creo que tocamos techo, no se puede decir más; no se puede decir nada más sublime. Por un lado se pone de manifiesto que el objetivo de nuestra educación coincide con el ideal evangélico y por otro que el prototipo de «hombre-para-los-demás» es el mismo JC: el hombre que se entrega por amor, coincidiendo con la voluntad y la acción del Padre: «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito» (Jn. 3, 16). La entrega es la manifestación del amor.

8. San Ignacio y, por tanto, también el P. A. llaman a esta entrega «servicio». Al final de la larga experiencia espiritual que se llama el mes de Ejercicios San Ignacio pide suplicante y hace pedir la gracia de «en todo amar y servir a la su Divina Majestad». Y San Ignacio, y también el P. A., saben muy bien que «su Divina Majestad» desea ser servido en los «pequeñuelos», en los hambrientos, en los necesitados, en los abandonados y, para que esta obra de amor y servicio pueda ser llevada a cabo, es la misma sociedad la que debe ser abordada y transformada. Ya hemos visto más arriba en diversos textos, con cuánta frecuencia se le escapa al P. A. la palabra y la idea de servicio.

8.1. El P. Ignacio Iglesias, Provincial de España, el 7 de julio de 1981, en Burgos, ante una asamblea muy numerosa de educadores jesuitas y seglares de colegios S.I. de España, pronunció una magnífica conferencia titulada «Constantes del pensamiento del P. Arrupe sobre la educación» (Inform. S.I., 1981, pp. 160 s.). Señala y comenta seis: la primera de ellas se refiere al «objetivo de nuestra educación» que cité hace poco como claramente expuesto por el P. A. en Roma, en septiembre de 1980, y dice el P. Iglesias: «El destinatario último de la educación es la sociedad misma, la familia humana. Pero no sólo para hacer desembocar en ella, generación tras generación, levas de hombres renovados, más capaces, más cultos, sino para proporcionar a esta sociedad auténticos «servidores». Educar para Ignacio de Loyola es formar «servidores». Es obvia esta conclusión para quien ha hecho del «servicio» la razón de ser de la existencia humana y, mucho más, de la existencia cristiana».

A este propósito oigamos de nuevo al P. A. contestando ahora a una de las preguntas de los jóvenes en Valencia 1973: «A lo largo de su historia, la Compañía, reconociendo la enorme importancia de la educación, dedicó a ella muchos de sus mejores hombres y recursos. Lo hizo en un verdadero espíritu de servicio... No podíamos educar a todos cuantos hubiéramos deseado. Nos tuvimos que dedicar necesariamente a unos pocos, con la esperanza de que estos pocos pondrían al servicio de los demás la formación humana y cristiana que habrían recibido» (146, 21-31).

Y el P. Iglesias, pocas líneas más abajo de donde le hemos dejado, dice exactamente: «Se ha equipado excelentemente a muchos hombres que luego no han resultado servidores de la comunidad humana o sólo en medida desproporcionada al equipamiento que se les ofreció y al sacrificio que en ellos se invirtió. Educar es arriesgar, sembrar mucho. Pero que quede claro que para la Compañía no es lo principal proporcionar herramientas para el progreso, sino formar las manos y el corazón que han de manejarlas, poner las capacidades de progreso en manos de servidores, no de acaparadores» (O.C., p. 162).

8.2. Permitid que, antes de terminar este importante apartado dedicado al «servicio» (primera exigencia del «hombre para los demás», por no decir que es su misma esencia), complete su significado con nuevas citas del P. A. (y que conste que he de escoger entre otras muchas y la elección no es fácil): 1) En Roma, 1967, discurso inaugural del II Congreso de la Unión Mundial, dice: «En medio de esta angustia moderna sentimos la responsabilidad de quien ha recibido mucho y tiene mucho. ¿Solución? La ignaciana: servicio a los demás... He ahí la característica nuestra, el lema o mote del blasón familiar jesuítico: «servir» 38.3.7); y en el discurso de clausura del mismo Congreso, desarrollando su pensamiento central «tenéis una gran misión en el mundo», dice del hombre ideal que «su perfección personal le alcanza como un deber para ponerla al servicio de la humanidad» (57,7; 58, 22-23). 2) En Padúa, 1977, hablando a los responsables de la Unión Mundial y habiendo afirmado que el ideal de «ser útiles a los demás» atrae a la juventud de hoy y le inspira grandes esfuerzos y sacrificios enteramente desinteresados, añade: «Aquello que he formulado como «personas para los demás» (hombres y mujeres) tiene precisamente este significado. Pana mí constituye el ideal del «Ratio Studiorum» de la Compañía expresado en términos modernos que, además de darle la máxima profundidad, puede ser aceptado incluso por los que no tienen fe; es el ideal del «filántropo» (incluso ateo). Ese es hoy el hombre que queremos formar en nuestros Colegios» (220221) (aunque ya vimos antes qué otro sentido más sublime adquiere la misma actitud asumida por un cristiano y como expresión de su fe y de su amor). 3) En febrero de 1979 tiene un discurso en México ante los profesores de la Universidad Iberoamericana y del ITESO, del cual entresacamos las siguientes afirmaciones: Lo específico de nuestra educación es formar al «hombre para los demás», es decir, al hombre que sirve a la humanidad, a la sociedad. El ideal más grande y más bello que existe es formarse y desarrollar las propias cualidades al máximo para después ponerlas al servicio de los demás. Esto es lo más alto que existe: la caridad, entregarse a los demás (Cf. «Infor. S.I.», 1980, pp. 9-10). 4) Finalmente, en Gante, en agosto del mismo año 1979, en el discurso escrito que envió al Congreso Europeo ahí reunido, decía en su tercer punto acerca de «nuestro esfuerzo en el campo de la educación»: «Nuestro proceso educacional debe llevarse a cabo dentro de un contexto moral que... nos oriente a compartir lo que poseemos y a sacrificarnos por los otros en fuerza del valor más alto, que es el amor. Esto significa formar el «hombre para los demás», el «homo serviens» (286,34/287,4)

De nuevo la identificación, la equivalencia antes indicada y tan significativa:

9. Esto supuesto, el potencial humano que hay entre los AA. AA, lo mucho que se ha invertido en ellos, el ideal verdaderamente altísimo que se ha forjado el P. A. y las urgentes necesidades de un mundo que se debate entre la miseria y la injusticia, a nadie sorprenderá leer sus insistentes llamadas a la acción, a una acción eficaz, unida y universal, a la eficacia en los Congresos y en las Asociaciones y Federaciones, a una gran apertura al mundo, a la construcción de un mundo nuevo y más en concreto la construcción de una nueva Europa (Lieja. 1971 y Gante 1979), a una ayuda acertada y generosa al tercer mundo y también al que él llama «cuarto mundo» «que existe en el seno de nuestros propios países» (y menciona en concreto los emigrantes en la Europa central y del norte), y todo esto colaborando con quien sea que trabaje para bien de la humanidad, con la Compañía o sin ella, dentro de nuestras Asociaciones o fuera de ellas, no importa; lo que sí importa es servir a Cristo, a la Iglesia y a la humanidad, de la mejor manera posible, según nuestras posibilidades y sin ningún afán de protagonismo; y nos recuerda con frecuencia que «se debe esperar mucho de los que mucho recibieron» (62, 20-21), y que «al que se le ha dado mucho, se le pedirá también mucho», que «la humanidad necesita de socorro en este estado de hambre espiritual y material, El remedio se impone, la acción no puede diferirse, la responsabilidad es demasiado grande. Hay que reflexionar para obrar pero esta reflexión no puede ser demasiado prolongada y esa acción ha de ser eficaz» (37, 22-31) decía en Roma, en el discurso inaugural del II Congreso de la Unión Mundial. Todo esto, que es mucho, lo paso por alto; sólo lo menciono y, si me permitís, os remito al índice temático del libro presentado al principio.

10. Lo que no puedo pasar por alto, si quiero ser fiel al P. A. y a vosotros, aunque el tiempo me obligue a una apretada síntesis, son dos temas que él desarrolla ampliamente y son consecuencia del anterior: la promoción de la justicia y la solidaridad con los pobres.

10.1. El primero de estos temas ocupó todo el Congreso de Valencia 1973 y, más en concreto para lo que ahora nos interesa, todas las intervenciones del P. A. En su discurso (que, como recordaréis, mereció carta del Secretario de Estado, Cardenal Villot, felicitándole en nombre de su Santidad el Papa) arranca toda su exposición de algunas frases del documento «La justicia en el mundo» del Sínodo Episcopal 1971. Vale la pena recordarlo porque algunos en este terreno han atribuido al P. A. una iniciativa y una responsabilidad que no le corresponden; él mismo contesta de esta manera a una de las preguntas que le hicieron los jóvenes en Valencia: «Es precisamente lo que desea la Iglesia de hoy: dar un paso adelante en todo lo referente a la justicia». Ni creamos que el documento del Sínodo 1971 sea un árbol en un desierto; está en la línea ascendente, y cada vez más acelerada, esto es cierto, de las grandes encíclicas y de los documentos del Vaticano II, especialmente de la «Gaudium et Spes» y de la «Populorum Progressio» (1967) y «Octogesima Adveniens» (mayo 1971, pocos meses antes del Sínodo).

Lo que sí hemos de agradecer al P. A. es su entrega a esta causa, su esfuerzo por presentar y desmenuzar la doctrina de la Iglesia y ser consecuente hasta el fin con lo que cree y proclama, su entusiasmo contagioso, su intrepidez, sus corazonadas. De esto sí que podemos hacerle responsables y con razón.

Leamos ya las frases-clave del documento «La justicia en el mundo», que iluminan la exposición del P. A. en Valencia y constituyen su punto de arranque: «La acción en favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo se nos presentan claramente como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, es decir, de la misión de la Iglesia acerca de la redención del género humano y de la liberación de toda situación opresiva» (últimas palabras de la introducción). y luego, en la II parte: «La respuesta del hombre al amor de Dios que nos salva por Cristo se manifiesta eficazmente en el amor y en el servicio de los hombres. Pero el amor cristiano al prójimo y la justicia no se pueden separar. Porque el amor implica una exigencia absoluta de justicia, es decir, el reconocimiento de la dignidad y de los derechos del prójimo. La justicia, a su vez, alcanza su plenitud interior solamente en el amor. Siendo cada hombre realmente imagen visible de Dios invisible y hermano de Cristo, el cristiano encuentra en cada hombre a Daos y la exigencia absoluta de justicia de amor que es propia de Dios». Por tanto, «la Iglesia tiene el derecho, más aún, el deber, de proclamar la justicia en el campo social, nacional e internacional, así como de denunciar las situaciones de injusticia, cuando lo pidan los derechos fundamentales del hombre y su misma salvación» (nn. 36-38).

Hasta aquí el Sínodo Episcopal. No es sorprendente que éstas y semejantes frases inspirarán y animarán al P. A. a proponer su grandioso programa a los AA. AA Y fue, además de valiente, humilde y lógico. Porque su argumentación en parte se puede resumir así: «No estáis educados para la promoción de la justicia (es decir, no os hemos educado para la misma); pero como ahora es impensable que un cristiano no trabaje para esta promoción. Luego, obviamente, os tenéis, que educar para la justicia. Las Asociaciones podrían ofreceros esta indispensable formación. Dejo a vuestra responsabilidad el cómo y el cuándo acomodados a cada ciudad».

No voy a entrar en este discurso, aunque luego volveremos a él desde otro punto de vista. Me limito a aconsejaros su lectura reposada y su meditación reflexiva que, dicho sea de paso, ojalá se os convierta en oración.

Sólo voy a escoger una frase verdaderamente inspirada: «Así como no sabemos nunca si amamos a Dios, a no ser que amemos al hombre, así tampoco sabemos si amamos al prójimo si no lo hacemos con un amor que tenga como primer fruto la justicia. Yo me atrevería a decir que el paso más difícil, el que además está menos expuesto a ilusiones, el que en definitiva prueba si nuestra actitud religiosa no es una farsa, es el paso a la justicia» (175,32/176,2).

Poco pensaba entonces el Padre A. que nueve años más tarde un Romano Pontífice entonces insospechado, Juan Pablo II, diría a los obreros de la fábrica «Solvay et Cie, S. A.»: «El amor cristiano anima la justicia, la inspira, la descubre, la perfecciona, la vuelve factible, la respeta, la eleva, la supera, pero no la excluye; al contrario, la presupone y la exige, porque no existe verdadero amor, verdadera caridad, sin justicia. ¿No es acaso la justicia la medida mínima de la caridad?» (19 marzo 1982). ¡Cómo se alegraría el P. A., siempre tan amante del Romano Pontífice, al conocer, desde «el silencio de su enfermedad», una formulación tan precisa y tan bella de la relación entre amor cristiano y justicia (que él tan extensamente había tratado) ahora en labios tan autorizados!

En Gante, 1979, al final de su discurso, habla el P. A. de la interconexión fe-justicia y afirma: «Jesús crucificado y resucitado es la personificación de la justicia de Dios hacia nosotros... Nuestra justicia inspirada por la fe es así una participación de la obra redentora de Dios en Cristo. La fe nos hace intrépidos para el trabajo y el sacrificio, a ejemplo de Jesús, para servicio de los demás. El amor de Jesús crucificado da perseverancia y esfuerzo en las situaciones dolorosas y descorazonadoras. Sin fe, la pasión por la justicia puede perder su sentido de dirección y su dinamismo». Y luego invita a los presentes a tomar en consideración «Nuestro compromiso con la fe y la justicia. Este compromiso -sigue- es absolutamente básico; cualquiera que busque dar sentido a su vida debe tener una fe que determine el criterio de sus actos decisivos; cualquiera que desee hacer lo que realmente merece la pena de hacerse no podrá eximirse de atender los imperativos de la justicia» (287, 11-27).

11. El tema de la solidaridad con los pobres lo toca el P. A. directamente y con alguna extensión en Padúa 1977, en su alocución a los responsables de la Unión Mundial. Pero anteriormente, en Valencia 1973, tiene una respuesta sugerente y fundamental: «Se dice con frecuencia –afirma– que Jesús no vino a traer ninguna revolución social, ni política, sino un mensaje esencialmente religioso. Fundamentalmente esto es verdad, Sin embargo, muchos se olvidan que JC, al unir indisolublemente el amor de Dios con el amor del prójimo, estableció en el corazón mismo del hombre las bases del cambio social más profundo y radical que ha conocido la historia. No hay verdadero amor de Dios, no hay salvación, si no se ama eficazmente, si no se hace justicia al prójimo. Este principio se aplica en primer lugar al amor y a la justicia para con el pobre y el oprimido, con quienes Cristo se solidariza personalmente y a quienes hace sus hermanos preferidos» (140,2535) . ¡He aquí una razón decisiva, que nos entra por el corazón! No se trata meramente de una deducción de las premisas establecidas acerca del amor y la justicia. Es nuestra identificación con Cristo la que nos lleva a la solidaridad con los pobres ya que El con ellos se solidarizó y les hizo sus hermanos preferidos.

Esto supuesto -y que entre Valencia y Padúa ocurre un acontecimiento de singular importancia en la historia de la Compañía de Jesús: La CG, 32 (1974-1975)- no es sorprendente oír lo que dice el P. A. en Padúa 1977: «No faltan quienes en los cambios que en los últimos tiempos ha experimentado la Compañía han querido descubrir cierta radicalidad con algunos caracteres que en ocasiones parecen adquirir irisaciones afines al marxismo. De ahí la sospecha e incluso algunas acusaciones como si la Compañía estuviese infiltrada de marxismo. Nada más equivocado. La Compañía procura seguir el Evangelio y no puede permitir que su espíritu se identifique con ninguna ideología, sea de derechas o de izquierdas, ni con ningún partido político. Esto sería mutilar el Evangelio y hacer decir a JC cosas que no aparecen en la Biblia. Sin embargo, la Compañía, con la Iglesia, ha adoptado opciones y fomentado posiciones que son tan radicales o más que las de cualquier otra ideología. Pero la diferencia está, primero, en la motivación; segundo, en sus límites; y tercero, en sus medios, los cuales nunca pueden ser antievangélicos y, por tanto, excluye toda violencia y todo lo que sea incompatible con caridad y justicia» (223,33/224, 13).

Dicho esto, expone cómo la solidaridad con los pobres ha sido una de las opciones de la CG, 32 y que, aunque afecta sólo a los jesuitas, los AA. AA. pueden considerarla como un consejo si quieren ir hasta el fondo en la colaboración con la Compañía actual. Se detiene un poco explicando en qué consiste esta opción («una nueva manera de ser de nuestra misma vida») y sus exigencias. Entre éstas desarrolla la necesidad de superar los condicionamientos de clase a los que, más o menos inconscientemente, estamos sujetos.

12. Austeridad de vida. El Evangelio nos llama a la pobreza, al desprendimiento, a la desposesión. JC, desde el principio de esta ponencia, ha sido el modelo sin discusión, el «hombre para los demás» por excelencia. «Conocéis bien la generosidad de NSJC, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (2C 8,9). Si su solidaridad y aún identificación con los pobres le lleva a una incuestionable pobreza, nosotros, que debemos pretender seguirle, no tenemos más remedio que abrazar una cierta pobreza, siempre relativa pero siempre abierta a una mayor generosidad.

Ya en Roma 1967, durante la homilía de la Misa inaugural, hablando del «amor efectivo» que la Eucaristía nos recuerda y nos infunde, incluye, entre otras afirmaciones: «Amar es consentir a hacer nuestra vida más austera a fin de aligerar la de los demás» (30, 12-14).

En una de sus respuestas de Valencia 1973, dice: «... en la época actual todos nosotros deberíamos dar un doble testimonio de pobreza, por un lado, nos tendríamos que comprometer a luchar efectivamente contra la pobreza, material y cultural, que es fruto de la injusticia. Por otro lado, todos debemos dar testimonio de pobreza evangélica, de desprendimiento y de solidaridad con los más pobres en nuestra vida privada y profesional» (139, 34/140,5).

Sin embargo, «en contraste con la desigualdad y pobreza reinantes, se nos propone con frecuencia como ideal el ¡consumir cada vez más! Nuestra respuesta debería ser una mayor moderación en el vivir. No sólo tenemos que prescindir de lo inútil y de lo superfluo, sino también aprender a ser más con menos. Y esto no sencillamente como un ejercicio ascético, sino para que los demás puedan tener más y ser más. Se necesita hoy una verdadera campaña, ordenada pero masiva y eficaz, para liberamos del consumismo... que nos esclaviza y nos hace olvidar a los demás» (140, 6-17).

Consecuentemente, también en Valencia 1973 y ya en el discurso de clausura (2.ª parte) propone a los AA. AA. como primera actitud general para cambiar el mundo «un decidido propósito de darle un tono de mucha mayor sencillez a nuestra vida individual, familiar, social y colectiva, frenando así la espiral del lujo y de la competitividad social» (194, 13-15). Como ejemplo y como símbolo sugiere la drástica reducción de gastos en las bodas.

Insiste en el mismo tema en Padua 1977, donde hablando de las tentaciones de Cristo, que son las de la Iglesia y las de todos nosotros, refiriéndose a la primera, dice: «No es fácil resistir cuando en torno nuestro caen tantos, la marea del consumismo crece arrasándolo todo a su paso: los valores, las culturas, incluso los ideales. De ello no somos nosotros excepción, ni siquiera se ve libre la Iglesia, a pesar de los elementos defensivos que le son consustanciales» (237, 6-11). Por consiguiente, aboga por una mayor austeridad que imponga «sacrificios radicales a todos» (240, 29). «Una actitud pro-evangélica debe ser anticonsumísticamente austera» (241, 4-5). «Debemos darnos cuenta que 'bastante es bastante' y tener más que bastante es muy cuestionable. Y ese 'bastante' hay que medirlo no por nuestro propio módulo social, ni por un módulo social más alto que el nuestro, sino por lo que nuestros ojos ven al fijarse en los auténticamente pobres y marginados en nuestra sociedad y en el tercer mundo. Más aún, en realidad evangélica auténtica no se trata de desprendernos solamente de aquello superfluo, es decir, de lo que no necesitamos: si somos consecuentes con el Evangelio, tenemos que renunciar aún a lo que necesitamos porque alguien necesita de nosotros» (241,31/242,5). Y todavía, en Gante 1979, en la entrevista grabada que ahí se leyó ante un grupo de responsables de la Unión Mundial, hablando de prioridades de algunos Provinciales jesuitas, dice: «Esta donación de nosotros mismos es nuestra repulsa al egoísmo y consumismo que están a la raíz de los males de nuestra sociedad» (271, 12-14), porque, como había explicado en Valencia, confundir ser con tener lleva a la deshumanización más profunda (189-190).

II. CONVERSION Y FORMACION PERSONALES PERMANENTES

13. Indudablemente el ideal que nos ha puesto delante el P. A. es muy alto y, a primera vista, inalcanzable. Por lo menos, muchas dificultades se le presentan a quien intenta conseguido.

13.1. Porque, en primer lugar, ser «hombres para los demás» (fórmula en la que lo resumimos todo) supone una lucha constante y encarnizada contra nuestro egoísmo, que es muy fuerte, está muy arraigado en nosotros y tiene muchos recursos. «Advertimos con bastante claridad que el egoísmo personal, o la suma de egoísmos personales, está a la raíz de todo proceso... Intentar vivir el amor y la justicia en un mundo donde los demás, o la gran mayoría, son egoístas e injustos y donde, además, la injusticia y el egoísmo se han instalado estructuralmente, esa empresa parece una empresa suicida e inútil» (191, 1-7), (Valencia 1973).

«Por nuestra parte no podemos comunicar la verdadera vida... sin morir a nuestro egoísmo. y a nuestro amor propio» (Roma 67) (31, 16-18). En Valencia en la sesión de preguntas y respuestas, tiene este párrafo: «Aquí quisiera dar un consejo a las más jóvenes, a vosotros. Cuando aún estáis estudiando... veis con toda claridad y sentís con toda generosidad estos problemas de la injusticia de la sociedad humana. ¡Cuántos la han sentido así antes de vosotros! Pero cuando les ha tocado enfrentarse con la vida real, la vida de lucha y de competición, con frecuencia han claudicado, se han convertido en otros tantos esclavos de la sociedad de consumo y, a veces, hasta en eficaces colaboradores de la misma injusticia. ¡Que no. os suceda esta a vosotros!» (138, 1-9). Más adelante, en la misma sesión, a propósito de otra pregunta, termina así: «Queremos formar líderes: jóvenes, necesariamente pocos, pero dedicados, dotados de un:! conciencia cristiana y social, y dispuestos a trabajar al servicio de los demás. Tenemos que buscar estos líderes ahí donde se encuentren. Y tenemos que evitar que el proceso alienante de una educación poca crítica y poco adaptada les haga desaparecer completamente en el seno de aquella misma sociedad que queremos transformar» (148, 11-18).

Estas pocas expresiones no hacen sino confirmar la dificultad que este gran ideal encierra.

13.2. Pero, además, ante determinados aspectos de las metas propuestas, los AA. AA., ya no muy jóvenes podemos decir: «Esto no se nos enseñó. Si la Iglesia y la Compañía han cambiado ¿qué culpa tenemos nosotros?».

Al P. A., entre otras cualidades, no le falta la sinceridad. En la misma sesión de preguntas y respuestas afirma sin ambages: «Sin duda hemos cometida errores y hay mucho que corregir» (146, 17) (sólo pide a sus interlocutores que sean objetivos y justos en sus juicios y, sobre todo, su colaboración en la búsqueda de soluciones). «Como he dicho varias veces, hemos descuidado la formación de una conciencia crítica y responsable en el campo social» (146, 11-13 ) (cf. 69, 30-35). Y en el discurso famoso sobre la promoción de la justicia, muy al comienza, pregunta: «¿Os hemos educado para la justicia? ¿Estáis vosotros educados para la justicia? Respondo. Si al término «justicia» y si a la expresión «educación para la justicia» le damos toda la profundidad de que hoy la ha dotado la Iglesia, creo que tenemos que responder... con todo humildad que no; que no os hemos educado para la justicia, tal como hoy Dios la exige de nosotros. y creo que puedo pediros también a vosotros la humildad de responder igualmente que no; que no estáis educados para la justicia y que tenéis que completar la educación recibida» (161,5-14).

En Padua 1977, ante las responsables de la Unión Mundial, dice: «Tenemos que reconocer que el individualismo y a veces el deseo de sobresalir en que os hemos formado no pocas veces y que vosotros habéis continuado fomentando en la vida, debe ser transformado en deseo de servir y, si se desea ser eminente en vuestra profesión u otro género de valores humanos, no es por egoísmo o por propia satisfacción, sino para poder ser más útil a los demás» (220, 8-14). En el discurso a los profesores de la Universidad Iberoamericana de México, de febrero de 1979, ya antes mencionado, no duda en admitir que tal vez, en los procedimientos, la «Ratio Studiorum» se haya quedado algo anticuada, pues fomentaba la competencia y ésta, no siempre, pero con frecuencia, un cierto individualismo (220, nota 2). En septiembre de 1980, en Roma, en el Simposio sobre la educación también citado más arriba, afirma: «Nuestra mentalidad y nuestra educación han sido demasiada individualística. La dimensión social o faltaba de hecho o estaba presente sólo muy débilmente, nuestro ideal debe ser el de la caridad evangélica, dando. la vida de uno en servicio de las demás. La juventud de hoy aceptará este ideal totalmente y con entusiasmo, esto es, una negativa completa a una mentalidad egocéntrica y algo por lo cual merece la pena vivir y morir». (Alocución inaugural. «Inform. S. J.», 1980, p. 274).

O sea que el P. A. cree que hemos recibido una formación más o menos individualística, con poca dimensión social humana y cristiana, y que no nos educaron, no estamos educados, para la justicia. Su opinión, desde la cumbre, tiene un peso indiscutible.

14. «Sólo a partir de esta conciencia y de esta humilde confesión, tiene sentido que nos planteemos en serio el problema de nuestra propia formación» (186, 17-20), una formación cristiana cuya nota más específica es la llamada a la conversión (186, 12-13). Conversión y formación -que no se identifican pero se necesitan mutuamente y se complementan- que han de ser permanentes, porque no terminan nunca, van con la vida, se hacen todos los días (211,25.29). Porque si el egoísmo nunca desaparece de nuestro interior e incluso hace que parezca una empresa suicida e inútil (cf. supra, 191, 1-7) el intentar vivir el amor y la justicia en este mundo, también es permanente el mensaje evangélico y el ejemplo de Cristo.

14.1. El P. A. sugiere ya en su carta de diciembre de 1968 que los AA. AA. deben completar la formación recibida en los centros docentes de la Compañía y en México 71 nos aconseja: «Complemento a la educación recibida... no dejemos nunca de aprender y mantengámonos en la actitud constante de receptibilidad interior hasta nuestra muerte» (111, 1416); pero es sobre todo en Valencia 73 (aquí con especial acento en la formación para la justicia), Padúa 77 y Gante 79 donde más claramente explícita la formación permanente: «Los cambios del mundo y de la Iglesia nos obligan, creo yo, a ayudaros a completar vuestra formación a través de la 'formación permanente' para paneros al día en cuanto de nosotros dependa; y así, hacer que aquellos a quienes formamos para un período anterior de la historia sean también hombres de este tiempo moderno» (Padúa, 216, 30/217,2). Una de las prioridades propuestas por grupos de provinciales: «La formación permanente para todos, también los jesuitas. Nos interesa sobre manera facilitar esta formación permanente a nuestros AA. AA. a quienes dimos ,en el pasado la formación base y de acuerdo con las normas de la época. Tenemos el deber moral de complementar esta formación y actualizarla, adaptándola (a veces en puntos de no poca importancia) a las directrices y espíritu del Vaticano II, de manera que personal, profesional, social y apostólicamente respondan a lo que la Iglesia tiene derecho a esperar de ellos» (Gante 271,29/272,2).

14.2. Pero, como advierte el P.A. en Lieja 1971, «la primera necesidad es la conversión de uno mismo. La base de toda acción eficaz será siempre el humilde reconocimiento de los propios defectos y la conversión personal a Cristo. Sin esta conversión todo quedará en el terreno de las veleidades desde el momento en que vengan a exigir el menor sacrificio» (102, 4-12) (d. 110, 31-111, 13) (271,4-9). «Nunca es demasiado tarde para la conversión». No hay acción por la justicia sin una conversión sincera y profunda que nos lleve a una verdadera reforma de vida» (129,5-9). «No podemos hablar sinceramente de justicia ni promoverla eficazmente si la justicia no es una realidad encarnada en nuestras vidas» (130, 22-24).

14.3. En Roma, a fines de abril de 1973, se celebraba el XXV aniversario de la Federación italiana y también la clausura de unas jornadas de estudio preparatorias para el Congreso Europeo de Valencia. El P. A. no podía faltar y ahí pronunció una preciosa homilía sobre el Evangelio del día: El diálogo de Jesús con Nicodemo. Toda ella sobre la conversión interior: Nacer de nuevo, una vida nueva, el hombre nuevo. «Jesús quiere, para quien pretende ser su discípulo, un hombre nuevo». Ello exige «morir con Cristo, para resucitar con él, vivir con él una vida nueva que sólo el Espíritu de Dios puede engendrar y que no puede ser más que la de hijo de Dios» (121), «nuevo nacimiento, vida nueva, vida de hijo de Dios. Este es el milagro del Espíritu, el milagro de nuestra verdadera conversión, del profundo cambio de nuestro modo de pensar y de sentir y por lo mismo de obrar» (122, 4-7). «Una vida nueva, una conversión, que implican un claro cambio en nuestra vida; un cambio que se realiza en nuestro interior más profundo; un cambio radical. No nos engañemos: una conversión verdadera no tiene nada de superficial» (122, 17-19). «Una conversión, en fin, que nos comprometa, decididamente, personalmente. Queremos cambiar el mundo; empecemos por nosotros mismos» (123, 3-5).

Esta es la línea que siguió en la homilía; y como el tema que habían estado estudiando durante aquellos días había sido el de Valencia, o sea, «la promoción de la justicia», quiso subrayar y de alguna manera justificar el comentario que había hecho de la palabra de Dios, añadiendo: «Estoy convencido de haberos ofrecido la premisa indispensable, el alma profunda y la única seguridad de perseverancia para una auténtica promoción de la justicia» (123, 15-17). Enseguida desarrolla estos tres apartados.

14.4. Pocos meses después, en Valencia, tanto en la segunda parte del discurso de clausura como en la homilía de la Eucaristía final, insiste machaconamente en el «hombre nuevo» que debemos ser y en su formación. «Se trata de transformar el hombre en un nuevo tipo de hombre, hacerle en frase evangélica 'nacer de nuevo' porque sólo hombres transformados son capaces de transformar el mundo» (208, 26-28). «Este tipo ideal de hombre, capaz de hacer realidad un tipo ideal de mundo y de humanidad, por el que ha luchado y lucha lo más noble que ha pasado por la historia, no es una creación de mentes iluminadas. El prototipo de este hombre nuevo ha pisado nuestra tierra, se ha unido, en cierto modo, con otro hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María se hizo verdaderamente uno de los nuestros» (210, 1118). «Es Dios, el estudio iluminado de su Palabra, la contemplación de este hombre nuevo Cristo Jesús, el que dará la nueva visión del 'hombre-para-los-demás', del hombre 'todo para todos', el nuevo vigor para una transformación que programáticamente comenzará por nuestras propias raíces de hombre, mediante una personal conversión. Que no otra cosa vino a pedir Cristo» (213,4-9). ¡Qué hombre tan profundamente espiritual es el P. A.! ¡Cómo nos ha ido levando de nuevo al ideal supremo y modelo insuperable, el Hijo de Dios, el Señor Jesús! Me duele no poder entresacar aquí algún párrafo de los documentos 10 y 14 en los que bellamente nos habla de la comunión e identificación con Cristo (77-78) y del encuentro con Cristo y relación personal con él (115,33/118,12).

Ahora bien, sabemos, como dice San Pablo, que «Cristo murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí sino para el que murió y resucitó por ellos» y que «el que es de Cristo es una criatura nueva; lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado» (2C, 5, 15-27). En varios de los textos recientemente citados, al lado de la palabra conversión ha salido el verbo «cambiar» casi como algo equivalente o de significado muy próximo. En efecto, toda conversión supone un cambio interior y, casi siempre, también externo. No hay fe sin obras, no hay amor sin hechos. Pasemos, por tanto, a la última consideración o apartado.

Padre Arrupe S.J.


III. RENOVACION Y CAMBIOS NECESARIOS

Primero, a nivel institucional; luego a nivel individual o personal.

15.1. El P. A. muestra, como decía al principio, un afecto muy grande no, sólo por los AA. AA. sino por la organización de los mismos, la Unión Mundial, 1as Federaciones, las Asociaciones. Y, porque las quiere tanto, las desea más emprendedoras, más entregadas al servicio de la Iglesia y de la humanidad y de la construcción de un mundo nuevo en donde haya más justicia, mayor solidaridad entre los hombres, más deseo auténtico de paz.

En varias ocasiones alaba lo que se está haciendo, y añade: «Pero no basta». Anuncia que las Asociaciones están en un período de transición. No se pueden contentar con fomentar la amistad y los recuerdos de la niñez o de la adolescencia, no pueden ser meros clubs de amigos, no basta la ayuda mutua entre los asociados, ni la colaboración con el propio Colegio o con otras obras de la Compañía o de la Iglesia. Todo esto bien está, pero no basta. Ya en Roma 67, dice: «Al oíros preguntar: ¿Qué puede aportar la Asociación a los AA. AA.?, pienso que la pregunta es totalmente legítima pero debe ser completada con una segunda pregunta: ¿ Qué aportan en realidad los AA. AA. de la Comp. de J. a la sociedad y a la Iglesia? Estos dos aspectos de la actividad de las Asociaciones deben ser conservados» (43, 29-34).

Creo que con esta frase de 1967 se resume muy bien el pensamiento del P. A. sobre las Asociaciones de AA. AA. Pero hay que añadir que él insiste en la libertad de asociarse o no y, además, en que las Asociaciones no deben intentar acaparar nada ni mucho menos impedir que los AA. AA. cumplan ante todo y sobre todo con sus deberes familiares, profesionales y de su propio compromiso social o político (91, 10-18), La Asociación es una oferta, una plataforma y un clarín que nos llama a formarnos y reformarnos permanentemente y a servir a Cristo y con Cristo a la humanidad, especialmente la más doliente, hambrienta, miserable y marginada.

Si los AA. AA. quieren pertenecer a las Asociaciones, bienvenidos sean; si las Asociaciones quieren colaborar con el propio Colegio o con otras obras de la Comp. o de la Iglesia a nivel social, ¡enhorabuena! Pero, en todo caso, que tanto los AA. AA. como las Asociaciones se pongan objetivos elevados que respondan a necesidades urgentes (y a poder ser universales) de la Iglesia y de la humanidad. Cómo, hasta qué punto, colaborando con quien, queda en nuestras manos, lo deja a nuestra iniciativa y propia responsabilidad. Pero insiste: «No podéis, no debéis contentaros con una mediocridad, ni con dar una respuesta cualquiera a lo que os exige el Evangelio» (65, 32-66, 1).

En repetidas ocasiones habla a los jóvenes o acerca de ellos. Comprende muy bien que algunas -bastantes- Asociaciones no les atraigan y se retraigan porque las ven burguesas, anquilosadas, de pocos vuelos. «Pues bien, les dice, entrad y transformadlas», «Tenéis que ser hombres de empuje, de garra, ayudar al tercer mundo, a los emigrantes, etcétera». Y a todos cuantos le escuchaban en Valencia -jóvenes y no jóvenes- declaró: «Estoy de acuerdo sobre la necesidad de que la voz de la juventud, su modo de ver, su dinamismo y sus aspiraciones, encuentren una expresión adecuada en las Asociaciones de AA. AA.» (154, 6-9).

Pero yo me pregunto: ¿Damos facilidades para que la gente joven tome cargos de responsabilidad en las Asociaciones y Federaciones? ¿O hay personas que, con tan buena voluntad como desacierto, retienen cargos que creen honoríficos y, sin pretenderlo, de hecho cierran el paso al dinamismo, creatividad e idealismo de la gente joven? Claro que los jóvenes ni siquiera querrán entrar si no ven por lo menos la posibilidad de hacer en la Asociación algo que valga 1a pena según el ideal descrito por el P. A. Y esto me lleva de la mano a lo siguiente y último: Renovación y cambios a nivel individual.

15.2. En Valencia, en la homilía final, tratando del hombre nuevo en el que debemos transformarnos y cuyo prototipo es Cristo, dice: «Los que se han parado ante este prototipo de hombre nuevo, lo han entendido y se han dejado cambiar por El, se han capacitado radicalmente para hacer b. justicia en el mundo. Y la han realizado de hecho» (211, 11· 13 ).

Pero fue principalmente en Padua 77, delante de los responsables de la Unión Mundial, donde más claramente pidió un cambio de actitud, de mentalidad, de espíritu: «La mentalidad preconciliar, con su teología, vida espiritual, actividades caritativas, etc., tiene que ser transformada en otra postconciliar en armonía con la Iglesia de hoy, con sus nuevos enfoques y actividades que, además de las caritativas, comprenden las de justicia, y la creación activa y eficaz de un mundo más humano y más justo» (219, 15-20). «El individualismo y el deseo de sobresalir, como ya dijimos antes, se han de transformar en deseo de servir» y la mayor competencia y aun eminencia en la profesión se ha de procurar «no por egoísmo o propia satisfacción sino para poder ser más útil a los demás» (220, 8s). La solidaridad con los pobres, compromiso y opción de los jesuitas, a la que invita a los AA. AA. «exige -dice un cambio de mentalidad. Hay que transformar nuestro ser para que pueda ser nuevo nuestro obrar» (224, 29-31).

Y cambiar es difícil, sobre todo a cierta edad, reconoce en aquella entrevista improvisada de México 79: «... tenemos que ir cambiando y para ello tenemos el otro pilar de nuestra renovación que es la educación permanente... siempre viendo cómo tenemos que actuar, cómo tenemos que cambiar, en una forma dirigida por el discernimiento hay que estudiar, hay que reflexionar, hay que hablar, hay que ver y hay que cambiar de actitudes ... que es lo más difícil. Cambiar de una cosa a otra es difícil, Pero cambiar la actitud interna... dificilísimo, y eso lleva tiempo. Puedo decir a ustedes que yo ahora tengo 27.000 jesuitas que son realmente estupendos... dispensen que alabe a los jesuitas... pero realmente son buena gente; bueno, pues los 27.000 jesuitas están tratando de asimilar el Vaticano II y las Congregaciones Generales 31 y 32 y... todavía no lo han conseguido, y es que es muy difícil que una persona de 40... 50... años que ha tenido una mentalidad y que ha estado seguro: ¡ésta es la voluntad de Dios!... Ahora le digan: esa ya no es la voluntad de Dios... , ha cambiado..., es otra cosa, se acepta pero tragando... sí, Padre, parece que sí, pero... o sea que lleva tiempo» (257, 8-24).

Un cambio de actitud, de mentalidad, lleva tiempo, es difícil... pero el P. A. no ceja. En el Simposio sobre la educación (Roma, septiembre de 1980), en la alocución inaugural, dice: «Necesitamos encontrar medios para cambiar la mentalidad de los AA. AA. que fueron educados por nosotros en una forma que hoy ya no se acepta. Esta es una gran tarea y una gran responsabilidad». (Inform. S. J.» 1980, p. 275). Y en la misma alocución, dirigida a los máximos responsables de los Colegios de la Compañía en todo el mundo, dice también: «Un Colegio es una institución compleja y no puede cambiarse de la noche a la mañana. Pero creo que hemos sido demasiado titubeantes, demasiado tímidos y demasiado lentos para cambiar» (Inform, S. J. 1980, p. 275).

Y en el último documento dirigido a los AA. AA., leído en Berlín en agosto de 1981, cuando el P. estaba luchando con la enfermedad en la clínica romana «Salvator Mundi», vemos que había escrito: «Al hacer esto (el estudio del tema) estarán Vdes. continuando su educación a un nivel fundamental. Pues todos necesitamos hoy renovar nuestras actitudes, mejorarlas o cambiarlas. No debe suceder que nuestro modo de pensar se vuelva anticuado» (291).

16. Pero basta ya de textos, más que suficientes, y preguntémosle qué podemos hacer para cambiar nosotros, para obrar nuestra conversión-transformación-adaptación, para conocer la voluntad de Dios sobre nosotros y las Asociaciones hoy día, en 1983, y en Europa, También para esto tiene respuesta el P. A.: Para obtener la «docilidad interior a la voz del Espíritu que nos habla» es preciso ponerse en contacto con Dios y para ello nada mejor que la práctica de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio.

«Se ha dicho con verdad que la Comp. de J. y mucho más la espiritualidad de los EE., apenas ofrecen rasgos concretos que definan al Jesuita o respectivamente al hombre formado por ellos y que permitan fijar para siempre su imagen ... Los EE. son un método para tomar decisiones muy concretas según la voluntad de Dios. un método para optar entre varias alternativas, pero no nos fijan ni nos confinan en ninguna de ellas, sino que nos abren ampliamente el horizonte a todas, para que sea Dios con su tremenda originalidad el que nos marque el camino» (162, 5-16). Pone como ejemplo para explicar esta actitud abierta y disponible que fomentan los EE. EE. la misma Comp. de J. que fue «la de Trento» y ahora es «la del Vaticano 11». «No es lo medular, termina, de la Comp. de J. el espíritu de Trento, sino la fidelidad a la llamada histórica de Dios que en un momento determinado le pidió que adoptase este espíritu de Trento. pero que hoy le pide que encarne 'en su vida y en sus opciones el espíritu del Vaticano II. Si la Compañía quiere ser fiel a sí misma, si no quiere cambiar y traicionar el rasgo más profundo de su espíritu, paradójicamente tiene que cambiar profundamente en la mayoría de sus concreciones epocales» (163, 7-15). Este rasgo profundo de su espíritu se puede concretar en estas palabras: Disponibilidad total y búsqueda constante y sincera de la Voluntad de Dios, porque Dios está por encima de todo y de todos, es más grande que todo y nunca se le puede encasillar e inmovilizar en una opción o acción concreta por excelentes que sean.

Y el P. A. expresa en Valencia 73 la confianza de que la Compañía haya sabido transmitir a sus alumnos esta dinamicidad, «la esencia misma del espíritu ignaciano que nos capacita para renovarnos continuamente: un espíritu de búsqueda continua de la voluntad de Dios, una agudizada sensibilidad para captar los matices con que Dios quiere que el cristianismo se viva en las diversas etapas de la historia» (161, 25-162, 4).

Si hemos de hecho recibido este espíritu de búsqueda, ignaciano y evangélico, si tal vez no lo recibimos o bien no lo hemos asimilado o lo hemos olvidado, en cualquiera de estas hipótesis, imaginándome al P. A. aquí delante, ¿No somos capaces de hacer en serio y de nuevo, con el corazón abierto y la voluntad disponibles, los Ejercicios Espirituales de San Ignacio en completo retiro y durante varios días? Las Juntas Directivas de las Asociaciones y Federaciones en concreto, que tienen mayor responsabilidad, ¿no sabrían encerrarse unos días buscando a Dios y su voluntad?, ¿no es verdad que esta decisión supondría un paso gigantesco muy superior que muchas de nuestras reuniones habituales, un poco de trámite, con una problemática pequeña e inmediata, con muchas ausencias algo significativas?

Perdonad que aquí termine con un tono y unas palabras que más padecen de sermón que de ponencia en un Congreso. Pero si el ideal del A. A. es el prototipo del hombre nuevo, Cristo, Señor Nuestro, si El es para nosotros todo, Camino, verdad y vida y el «hombre para los demás» por excelencia, el que nos precede en la construcción del Reino, nuestro modelo y punto obligado de referencia (203, 17-20), que nos mueve a no ponerle nunca límites a nuestro amor, ¿no habremos de buscar en El mismo la fuerza para amar y servir imitándole?

Permitid que mis últimas palabras sean las que nos ha dirigido el P. A., con ocasión de la publicación de este libro, que figuran impresas en su primera página. Me parecen una buena síntesis de lo dicho, de lo que piensa y siente acerca de nosotros: «Durante todos los años de mi generalato me he interesado siempre y profundamente por los Antiguos Alumnos y sus Asociaciones; repetidas veces me he referido al gran potencial que aquí se encierra y a la necesidad que hay de una renovación para que este potencial se haga realidad. Ahora, en el silencio de mi enfermedad, me llena de consuelo y alegría el poder hablaros aún a través de la publicación de esta colección de documentos. Mi corazón os está muy cercano, y os ofrezco mis oraciones para que Dios os bendiga, a todos y a cada uno, y os dé el valor de poneros al servicio de las necesidades de nuestro tiempo».


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